Iñigo de Loyola y Martín de Olave

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Siguiendo el consejo de su maestro de gramática latina, dejó Iñigo de Loyola -marzo 1526- a Barcelona y peregrinó al estudio de Alcalá de Henares: tenía 35 años y su preceptor le recomendaba esta universidad, el más brillante foco del humanismo hispano. Entrando en esta ciudad, tendió su mano mendicante a un joven que llevaba bonete y se cubría con manteo: el limosnero -de sólo 18 años- se llamaba Martín de Olave e Isunza.

Contemporáneo de ambos fue el P. Rivadeneira, que escribiría luego: "A la entrada de Alcalá, el pri­mero con quien topó fue un estudiantico de Vitoria, llamado Martín de Olave, de quien recibió la primera limosna". Pensaba Iñigo continuar viviendo de limosnas y como se reían de él -dice en su auto­biografía- "el que tenía cargo del hospital nuevo de Antezana" le mandó llamar y le dio una "cámara y todo el necesario".

Este hospital -casa de beneficencia- lo habían fundado los esposos Luis de Antezana e Isabel de Guzmán a finales del siglo anterior. Con la Uni ­versidad Complutense, la población creció y entre 1510-1527 aumentaron los legados en favor del benéfico hospital, pues resultó ya insuficiente. Uno de éstos fue el que testó Sancho de Antezana, natu­ral del pueblo cercano a Vitoria, para favorecer a sus paisanos: se conocía por "Alberguería de alave­ses" y se incorporó al hospital creado por su parien­te don Luis, antiguo paje de los Reyes Católicos.

Regía el albergue un Patronato, integrado por tres alaveses -sacerdote, vecino y estudiante- o elegidos por alaveses. ¿Acaso habló Martín de Olave con el sacerdote y éste dio cobijo a Iñigo, quien además -por su madre doña Marina Sáenz de Licona- llevaba en sus venas sangre alavesa, que le entroncaba con los Condes de Oñate y Salvatierra?

El estudiante guipuzcoano no progresó mucho en sus estudios alcalaínos: por querer abarcar demasiado y dedicar mucho tiempo al trato espiritual de los estudiantes. Pero en Alcalá trató con ocho insignes varones que luego acabarían siendo jesuitas. Y uno de ellos fue el vitoriano Olave.

En octubre de 1529 comenzó su nuevo curso en París y allí también -este mismo año- recaló Martín de Olave. El primer grado académico obte­nido por "Martinus Olave dioecesis calagurritanae" llevaba fecha de 1532, el mismo año que "Ignatius de Loyola, pampilonensis". Se trataba del bachillerato de Artes y al año -13 marzo- ambos se licenciaron en Artes. Resulta evidente que, en París, tuvieron que reconocerse: pero el R Rivadeneira afirma que el vitoriano era "hombre alegre y de buena conversación", evitando tratar con el grupo de Iñigo "por parecerle era gente escrupulosa y demasiadamente retirada".

Hacía ya cuatro años que existía la Compañía de Jesús, cuando Olave se graduó doctor, en 1544. Más tarde fue llamado a la corte de Carlos V para ser su capellán en las campañas de Alemania. Asistió a la reapertura -1551- del Concilio de Trento como teólogo del Cardenal de Augusta y en sus sesiones demostró ser "varón muy docto y muy elocuente y gran disputador".

Fue en Trento donde volvió Olave a reencon­trarse con dos compañeros -Laínez y Salmerón- de Alcalá y París, que eran los teólogos jesuitas del concilio. Y con su trato acabó -año 1552- siguien­do sus pasos. Ignoramos las pruebas a que Ignaciosometió a su novicio -de 44 años- en Roma. Pero sabemos la estrategia que usó el P. Ignacio para quitar cualquier resto de mundanismo a su ilustre candidato. Al comienzo, trató al exprofesor de la Sorbona y excapellán imperial con el "Señor Doctor Olave" o también "Vuesa Merced haga esto"... Días después le acortó el tratamiento a "Doctor Olave". Un día le quitaba el "doctor" y otro el "vuesa merced"... Y en pocas semanas, viéndole ya muy fundado en humildad, dejó todo tratamiento mandándole: "Olave, haced esto o aquello".

Convivieron en Roma tan sólo cuátro años. Ignacio de Loyola murió el 31 de julio de 1556. Este día fue Olave a comunicar al Papa y Cardenales la muerte del fundador, bajo un sol canicular que afectó a su ya quebrantada salud. Y el 17 de agosto, a los 48 de edad, "tomó el mismo camino y siguió a Nuestro Padre el buen Doctor Olave". Así lo comunicaba al Cardenal de Augusta el jesuita P. Polanco.

La vocación jesuítica del vitoriano Martín de Olave fue el primer hito de las relaciones surgidas entre la capital alavesa y la naciente Compañía de Jesús. Por eso el año 1552 nos invita a reseñar las tentativas y logros jesuíticos de cuatro largos siglos exactamente: 1552-1952.