Tentativas del siglo XVI

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"Pedro de Calderón, en nombre del concejo, justicia y regimiento de la ciudad de Vitoria, nos hizo relación diciendo que la dicha ciudad era de ocho cientos vecinos y la mayor parte pobres y el territorio en que estaba fundada era muy poco y de su calidad estéril, que no producía sino muy poco pan y en la mayor parte de su comarca, por el mal tiempo que había habido de diez años a esta parte, había habido poca cogida, de suerte que muchos moradores mendigaban".

Esto y algo más era lo que había manifestado la ciudad de Vitoria al monarca Felipe II, en el año 1577: serían como 4.000 habitantes y muchos de ellos simples mendigos.

Naturalmente, no era esta visión tan negra -de su municipio- lo que deseaban exponer a su rey, sino que: "y juntamente con la dicha esterilidad había en la dicha ciudad una iglesia colegial insigne y cuatro parroquiales, en las cuales había más de ciento y veinte clérigos...y había dos monasterios suntuosos de la orden de Santo Domingo y San Francisco y en ellos más de sesenta frailes. Y había otros dos monesterios de monjas, de las mismas órdenes, de cien monjas. Y aunque tenían bienes raíces siempre tenían necesidad de ser ayudados de los vecinos... Y entre los clérigos y religiosos, por la divina misericordia, había de ordinario mucha predicación y doctrina y administración de sacramentos, sin que se sintiese necesidad de más monesterios ni religiosos. Y siendo lo susodicho así, se había entendido que"...

¿Qué rumor era ése, que traía tan preocupados al concejo y a los clérigos vitorianos?

"Se había entendido que los de la Compañía de Jesús habían querido formar otro monesterio de la dicha orden". Una tentativa que se frustró: "por los muchos inconvenientes que se podían ofrecer, espe­cialmente en la competencia de los dichos monasterios e iglesia colegial y parroquias, que siendo de tanta antigüedad... Y que siempre habían trabajado en el servicio del culto divino y que, con cualquier novedad y nuevo monesterio, vendrían a dejar de hacer las buenas obras que siempre habían hecho y la dicha ciudad recibirá notable daño en haber la dichas competencias".

En resumen, que por éstos y "otros inconvenientes, que se entendía sucederían", pedía Vitoria al monarca lo que Su Majestad -oído el acuerdo del Consejo- ordenó por su real provisión (23 abril 1577), que decía: "no consintais ni deis lugar que, en la dicha ciudad de Vitoria, se haga monasterio alguno de nuevo".

Además de la Colegiata de Santa María (hoy catedral vieja) en la que ya entonces radicaba una de las cinco parroquias, existían éstas: San Ildefonso (derruida), San Vicente, San Miguel y San Pedro. También dos monasterios de frailes (los Conventos de Santo Domingo y San Francisco) y los de monjas, correspondientes: Santa Magdalena y Santa Clara. Ofrecemos su ubicación en la ciudad del siglo XVI.

En 1573 los jesuitas reunidos en la Tercera Congregación General habían decidido que se pro­curase trasladar a Vitoria el colegio de Oñate (Guipúzcoa). El primer intento de instalarse en la patria del Doctor Martín de Olave -jesuita tan estimado del fundador Ignacio de Loyola- se debió a las instancias del canónigo Diego de Alava, que en 1575 trató el asunto con el Padre Mercurián, general de los jesuitas, ofreciéndole para la fundación "algunos beneficios eclesiásticos que poseía".

Según el autor Landázuri, esta tentativa se debió a la donación "de unas casas" que hizo este canónigo. Y añade que, al ver que se frustraban sus deseos, los jesuitas "se introdujeron de la noche para la mañana con cartas de sola recomendación, del Rey Don Felipe II y de la Emperatriz , llegando hasta poner Sacramento y Campana".

Corrigiendo a este autor, podernos asegurar que esto ocurrió la misma noche en que el canónigo Alava donó esas casas a los jesuitas, que fue -exactamente- en la noche del 6-7 de setiembre de 1583. Un episodio que conocernos por un largo expediente de 74 folios... Y recoge la que sería "segunda tentativa", posterior en seis años a la primera.

Estarnos por tanto en setiembre de 1583. Unos días antes los jesuitas habían conseguido (14 y 23 agosto) las cartas comendaticias que el rey y su hermana dirigieron a la ciudad de Vitoria. ¿Recordaba Felipe II su real provisión de 1577? En esta carta decía: "he sido informado que en esa dicha ciudad se ha ofrecido fundación para un colegio de la Compañía de Jesús y teniendo yo la devoción y voluntad que, como es razón, tengo a las cosas de ella, por el mucho fruto que se hace en todas las partes donde los hay, ansí en la crianza y enseñanza de los niños como en los sermones y en todo lo demás que toca a la religión cristiana, os he querido encargar que tengais por bien ayudar y favorecer el buen efecto del dicho colegio".

Por su parte, la princesa y emperatriz comenzaba su carta: "Aunque escribiéndoos el serenísimo Rey, mi hermano, en recomendación de los Padres de la Compañía de Jesús y siendo lo que pretenden cosa de que tanto provecho se puede seguir a esa ciudad y a toda su provincia..., procurareis que haga efecto, todavía (más) siendo yo muy aficionada a la dicha Compañía... Y pues, según somos informada, se ofrece buena ocasión y ayuda para el principio de su fundación, os pedimos mucho no la dejeis pasar sino que, considerando lo que os conviene, querais encaminarlo de manera que no se deje hacer tan buena obra y servicio a nuestro Señor".

Estas dos cartas obraban en poder del P. Juan Osorio el martes 6 de setiembre, así corno la licencia dada -5 setiembre- por don Juan Ochoa de Salazar, obispo de Calahorra: "Considerando el particular servicio que a Dios Nuestro Señor se hace de gran provecho y aumento que los fieles cristianos reciben de la Compañía del nombre de Jesús... damos licencia y facultad al padre provin­cial de la dicha Compañía en la provincia de Castilla Vieja", para que pueda fundar en Vitoria, "dentro y fuera de los muros", en el sitio que crean conveniente. Y mandarnos a los eclesiásticos y seglares -"so pena de suspensión y excomunión respective"- que a los dichos jesuitas "no los perturben ni molesten en razón de lo susodicho". -VITORIA SIGLO XVI-

Fue este martes -6 setiembre- cuando a las nueve de la noche entraron varios jesuitas en casa del canónigo Álava, según testimonió una criada suya. Eran los Padres Juan Osorio, Francisco de Briones, Julián de Berástegui (rector del Colegio de Oñate), Domingo de Alzola y "otros padres y her­manos de la dicha Compañía y unos entraron por una puerta y otros por otra, con mucho silencio y recato". Después llegó otro Hermano, "con una acémila cargada de manteles y casullas y otras cosas. Y como el dicho canónigo Álava vio que entraron a la hora de las nueve de la noche, pare­ciéndole que habían entrado muy temprano y que no guardaban ]a orden que tenían dada, los riñó mucho, diciéndoles que a la una o a las dos de medianoche habían de venir"...

De todos modos, el canónigo envió un criado a "llamar a Diego de Paternina, escribano... y como esta testigo estaba ya con recato, de lo que pasaba, entendió que el dicho canónigo... hizo donación de las casas que tenía en el barrio tercero de la Correría , llamado la Pellejería ". Casas que tenía arrendadas a Martín de Aramayona y cuyo contrato había rescindido dos días antes el donante. En el plano del siglo XVI hemos señalado dónde debían estar las casas donadas por el canónigo: porque lo de la "pellejería" parece se refería a las carnicerías municipales que hacían esquina con el Cantón de las Carnicerías.

En la escritura, profesaba el canónigo donante su "mucho amor y afición a la Compañía del nombre de Jesús", razón por la que hacía esta donación al Padre Marcén -provincial de Castilla- y "a vos el Padre Juan Osorio, rector del colegio germánico (sic) de la ciudad de Soria, en nombre de la dicha Compañía, de dos partes de casas... con sus corrales". Luego entregó la llave al P. Osorio, todo en presencia de tres testigos: un criado de casa, el párroco de San Pedro -bachiller Lejarazu- y Juan Ochoa, que era beneficiado en Marquíniz y estaba pasando unos días en casa del canónigo Álava.

Cumplido su cometido, el escribano Diego de Paternina se marchó. Y el anfitrión, sus invitados y los jesuitas se fueron a sus aposentos. Pero serían las once -según la criada- cuando "el cura de San Pedro bajó a pedir a esta testigo un poco de vino blanco" para cierto jesuita que se había desmayado... Y cuando se lo entregó le dijo que era "para oblación de las misas que querían decir a la mañana, en las casas que el dicho canónigo les había dado". Y más tarde -a eso de las dos de la mañana pidieron velas, una mesa y manteles, que se lleva­ron a las casas de la Correría.

En este traslado les ayudó un criado del canónigo y cuando regresó le preguntó la testigo si habían "puesto ya la casa y le respondió sí, que ya dejamos puesto el altar y aun se ha dicho una misa". Y como ésta se extrañara de que dijesen "misa en parte tan desaliñada", le respondió el mozo: "allí hemos andado, limpiándolo y llenos de telarañas".

Se fue a dormir el criado y entre las 6 y 7 de la mañana el P. Alzola vino y "subió a la cámara donde el dicho canónigo estaba -que aún no se había levantado- y le dijo que se habían dicho tres misas en la dicha casa y que ninguno se lo había estorbado. Y desto mostró mucho contento".

Con la declaración de otros testigos podemos reconstruir lo que sucedió a medida que avanzaba la mañana del miércoles, día 7 de septiembre. La viuda Catalina de Basozábal declaró que vivía fren­te a las casas donadas por el canónigo y este día, entre las 6 y 7 de la mañana, bajó a su portal y vio un jesuita que, "en las ventanas más altas de la dicha casa, comenzó a tocar una campanilla". Y el clérigo licenciado Paternina salió de la casa y dijo al zapatero Aranguiz, "que estaba trabajando en su tienda: éntrese acá, dentro desta casa y oirá misa"... Zapatero y viuda empujaron la puerta y "de lado y con alguna estrechez y pesadumbre", porque la puerta "topaba con el altar", entraron en el portal. Y esta viuda vio que un jesuita comenzaba una "misa rezada". Acabada ésta, dijo a los dos jesuitas presentes que, de habérselo pedido, ella les hubiera proporcionado con qué aderezar el local: "le respondieron que otro día lo vería de otra manera". Seguidamente celebró otra misa el que anteriormente había hecho de acólito.

Excepto en la hora, coincidió el testigo Pablo Fernández: que estuvo en casa de Martín de Aramayona, pared por medio de las casas donadas por el canónigo a los jesuitas. Pero a eso de las ocho salió y vio cómo el licenciado Paternina bajó por una calleja y llamó en la puerta... "Un vecino del dicho barrio le dijo: a quién llama, que ahí no vive nadie". Paternina, sin responderle, volvió a llamar tres veces... Oyó el testigo que alguien, desde dentro, preguntaba quién va... Entonces respondió Paternina: "yo soy, abran, que ya es hora". Y poco después salió y dijo a Fernández, a la viuda y al zapatero: "los que quisieren oír misa, éntrense acá".

Otro de los llamados a declarar fue Martín de Aramayona, que hasta poco antes tuvo arrendadas las casas del canónigo y en ellas guardaba paja y leña. Casas que el clérigo había comprado de la hacienda del boticario Miguel de Acosta. Este testigo vivía "pared en medio de las dichas casas" y así el día 7 de septiembre, estando "en su escritorio, que serían entre ocho y nueve de la mañana, salió a la puerta de la calle" y su vecino el zapatero Aranguiz -que estaba remendando a la puerta de su casa- le dijo "riendo que, si quería oír misa, que allí podía oir, la pared en medio de su casa". No queriendo creerle le preguntó qué decía... Y el zapatero afirmó "que los teatinos querían decir misa allí". Aramayona, sin perder tiempo, "se fue derecho a casa del señor Martín de Isunza, alcalde". Y allí le dijeron que lo encontraría en una reunión del ayuntamiento.

Pero esto nos lo va a contar el testigo Cristóbal de Aldana, que era regidor y se hallaba en el consistorio: "Sería a las nueve horas de la mañana" cuando un portero les anunció que el jesuita P. Osorio deseaba "hablar con los dichos señores"... El alcalde le hizo sentarse y el jesuita expresó el deseo que tenía la Compañía de Jesús de servir a la ciudad de Vitoria. Y "para mostrarlo por obras había muchos días que deseaban poner casa y colegio en esta ciudad. Y para el efecto daban orden de pasar a esta dicha ciudad la casa y colegio que ellos tenían en la villa de Oñate, con la renta. Y que porque aquélla era poca procuraban de acrecentarla", hasta 1.100 ducados o 900 por lo menos: "para ello Su Alteza, de la Emperatriz , los ayudaba con Su Santidad".

Como prueba de que Felipe II y su hermana, la emperatriz, veían con agrado esta fundación vitoriana les entregó las cartas comendaticias, que ya conocemos. Y en nombre del regimiento dijo el alcalde que este asunto, por ser grave, debería ser consultado "con todo el pueblo".

Se retiró el P. Osorio del consistorio y "luego, a muy poquito tiempo, que podría ser a medio cuarto de hora, entró en el dicho regimiento un hombre, que cree era un portero" y les dijo: ha venido Martín de Aramayona para decirles que los jesuitas habían "dicho misa y puesto el Sacramento y campana" en la tercera vecindad de la Correría , que llaman la Pellejería.

Los de ayuntamiento entendieron que todo había ocurrido con anterioridad a la visita del P. Osorio. Y para remediar lo que juzgaron "mala manera de proceder" ordenaron al procurador que sacara del archivo aquella "provisión real de Su Majestad", expedida seis años antes.

"Y ansí fue sacada y traída a casa del señor alcalde adonde se juntaron los señores del regimiento y otras personas graves de la ciudad". Seguramente para implicar a éstas -sospechamos serían clérigos- en asunto tan grave, se les convocó a casa del alcalde. Pues bien: vista por todos ellos la provisión real de 1577, fue acordado irrumpir en la casa y "deshacer la dicha fuerza y novedad. Y ansí fueron, acompañados de muchos vecinos del pueblo y llegados... bajó un padre de la dicha Compañía y tras él otros padres. Y el señor alcalde les dijo: qué novedad (es) ésta o con qué orden lo habeis hecho".

Según el regidor Aldana, él y cuantos vieron aquel altar "en tan indecente lugar", se escandalizaron... Y ordenaron que fuese llevado el Sacramento a una parroquia: para su traslado fue convocada toda "la clerecía" vitoriana y la "cera de las cofradías", es decir los cofrades alumbrando la proce­sión. Fue Aldana quien mandó traer de la colegiata un palio y bajo él fue trasladado el Sacramento, "con cruz y pendón delante", hasta la iglesia de San Ildefonso, por manos de su párroco.

Por supuesto -lo dice el expediente- que tam­bién se quitaron el altar y la campana... Y respecto a los jesuitas, "que en la dicha casa estaban, se salieron della con el hato que dentro tenían y la dicha casa fue mandada cerrar por el dicho señor alcalde".

La actuación del alcalde lsunza también nos es conocida por un testimonio ajeno al expediente. Fue el día siguiente -ocho de setiembre- cuando el P. Osorio (a quien el notario apostólico Juan de Asurduy denomina "rector del colegio de la Compañía de Jesús en la dicha ciudad" vitoriana) requirió a Jorge de Arámburu -"escribano de la cámara del Ayuntamiento"- para que testificara cuanto él mismo había presenciado... Y Arámburu testificó "cómo el señor alcalde mandó a muchos clérigos a que le sacasen y quitasen el Santo Sacramento del dicho colegio y ninguno quiso hacer ni cumplir lo que el dicho señor alcalde mandó, si no fue el cura Andrés Pérez de Ayala, cura de la iglesia de Sant llifonso". Y testificó también que el alcalde sacó al padre rector Osorio y demás jesuitas "por fuerza... y de cómo les echó toda la ropa y otras cosas que tenían en el dicho colegio y cerró la puerta de la casa con la llave y se la llevó consigo, no obstante que el dicho rector dijo que protestaba la fuerza etc."

Pese a estas actuaciones del concejo vitoriano, al día siguiente -9 septiembre- se presentó en la iglesia de San Miguel el jesuita P. Alzola. Y en presencia del citado Asurduy -notario apostólico y vecino de Mondragón- pidió al licenciado Gaspar de Paternina que le diera "los autos de posesión, quieta y pacífica, hecha por el rector P. Osorio, de las casas y solares de la Correría ". Posesión ya realizada el miércoles 7 de septiembre.

Respondió el licenciado que -como notario apostólico- estaba dispuesto a dar lo que se le pedía: que se colocó altar y se celebraron misas "con solemnidad de campanas y concurso de gente y colocación del Santísimo Sacramento con toda quietud y paz, corno ante él pasó". Pero, por parte del regimiento, se le había "mandado y requerido... que no diese los dichos testimonios".

Nos preguntamos dónde estaban y qué hacían los jesuitas expulsados de su casa... Este mismo viernes -9 setiembre- fueron al notario Asurduy dos jesuitas, por sí mismos y en nombre del rector P. Osorio: los comisionados eran el P. Alzola y un Hermano llamado Pedro de Pelola. Habían ido a la plaza y arrabal, al "mesón que llaman de la Maturana ", pidiendo posada y les contestó la señora que no tenía sitio... De allí se dirigieron al mesón de Hormaechea y la "señora de la casa les respondió que no lo había para los de la Compañía. Y que el alcalde y regimiento les habían mandado que no los recibiesen y querían más estar bien con la ciudad... Y de ahí fueron a otro mesón, que es dicha calle de la Zapatería a la salida de ella hacia el Portal de Arriaga, que al dicho mesón llaman de caldo. Y pidieron posada y también se la negaron". Pedía el P. Alzola testimoniar aquella situación: "que la ciudad los había echado de su casa y colegio y no tenían dónde estar".

Mientras los jesuitas vagaban errantes por Vitoria, en la "muy noble y muy leal ciudad de Logroño" notificaba un escribano al entonces vicario general del obispado de Calahorra y La Calzada , don Juan Oteo de Angulo, la provisión que seis años antes diera el rey Felipe II a la ciudad de Vitoria. Y la tomó el vicario "en sus manos y la besó y puso sobre su cabeza"... Esta notificación le fue dada el 9 de setiembre y al día siguiente manifestó que la obedecía y que, "por no tener noticia ni se le haber notificado antes", había concedido licencia a los jesuitas para fundar casa en Vitoria... Pero que "si necesarias fueren sus letras, para que no se use de la dicha licencia, está presto de las dar".

Tomó cartas en este asunto el rey Felipe II, que volvió a expedir otra provisión real -24 octubre-dirigida al alcalde vitoriano y al "provisor" del obispado de Calahorra, el citado Juan de Oteo. Dice el monarca que Gaspar de Esquinos, en nombre de la ciudad, había acudido recordando la provisión de 1577 y relatando que "una noche del mes de setiembre, próximo pasado, había amanecido hecho -en una casa de un clérigo- un colegio de la dicha

Compañía y puesto en ella campana y altar con el Santísimo Sacramento". Y esta novedad se había hecho "clandestinamente y de noche", por lo que la ciudad no había permitido que se contraviniese la provisión real. Y esto había causado "mucho escándalo" en la ciudad y provincia, no debiendo Su Majestad permitir que, "en tan pequeña ciudad y tan pobre y estéril, hubiese más monasterios de cuatro, que había, dos de frailes y otros dos de monjas y una iglesia colegial y más de cien clérigos".

Como vemos, salvo el número de clérigos diocesanos -que antes eran 120- acuden a los mismos argumentos que en 1577... "Y además de aquéllos -¿lacompetencia?- sucederían otros daños e incon­venientes", en deservicio de Dios y del Rey, como también "en daño de la república" o municipio... En fin, que nuevamente pedían al monarca Felipe II diese otra provisión real prohibiendo que los jesui­tas -o cualquier orden religiosa- fundasen colegio ni monasterio.

También los jesuitas acudieron al rey, por medio de Gaspar de Zárate: le recordaban la licencia dada por el vicario Oteo y las cartas comendaticias -suya y de la emperatriz- que habían entregado al concejo "a quien iban dirigidas. Y en particular y general la habían aprobado (fundación de colegio) todos y habían mostrado tener mucho contento dello. Y en continuación de esto se había fundado el dicho cole­gio y el dicho rector y colegiales habían tomado la posesión de él, quieta y pacíficamente, en siete días del dicho mes. Y habían tañido campanas y habían dicho misas con mucho concurso de gente y puesto y colocado el Santísimo Sacramento en el altar mayor (sic). Y siendo esto así, el mismo día, por la mañana, entre las diez y las once, vosotros los dichos alcaldes -con mucho concurso de gente y con grande escándalo y alboroto- habíades ido a la dicha iglesia y colegio y habíades compelido y apremiado a ciertos clérigos, que para este efecto llevábades, que quitasen y sacasen el Santísimo Sacramento etc."

Los jesuitas mostraban quejas porque habían sido echados de su "colegio y casa", privados de hospedaje en la ciudad ya que se había amenazado "con grandes penas" a los mesoneros que les dieran posada. Incluso a los escribanos públicos se les había prohibido levantar testimonio de estos hechos y por eso habían acudido a un clérigo y notario apostólico.

Vistos ambos recursos, el rey ordenó que -en un plazo de 15 días- enviasen al Consejo la "relación verdadera" y signada por escribanos, que diese fe de cuanto "ha pasado y pasa"... Y hasta que "se provea lo que convenga", debería guardarse la provisión de 1577.
Nosotros también empezamos a dudar de lo acaecido con anterioridad al concejo del 7 de septiembre... Según los jesuitas, primeramente fueron entregadas las cartas comendaticias que los del ayuntamiento leyeron, mostrando "mucho contento" con esta fundación. Y como consecuencia de esta aprobación los jesuitas procedieron -7 setiembre- a fundar el colegio y tomar posesión.

Mientras que el concejal Aldana testificaría -19 diciembre que las cartas, del rey y su hermana, fueron entregadas aquel día 7 de setiembre a eso de las nueve de la mañana, es decir tras el hecho consumado de la toma de posesión.

Sospechamos que, en un principio, fue bien vista por el concejo una fundación que no gravaría el erario municipal... Pero entre la clerecía -en general- no debió caer tan bien y de ahí que el alcalde Isunza contestara al P. Osorio: "que aquel negocio era grave y que ansí era necesario tratallo y consultallo con todo el pueblo y que, entendida su resolución y voluntad se le daría respuesta. Y el dicho P. Osorio le replicó y dixo: suplico a vuelas mercedes que la respuesta sea con brevedad. Y con esto se despidió del regimiento".

Nada tenemos contra la clerecía vitoriana de aquellos años. Pero ya entonces existían fricciones entre dominicos y jesuitas, que no es momento de reseñar. Y además los hechos posteriores y otras palabras muy autorizadas nos demostrarán que algunos clérigos diocesanos se oponían -tenazmente- al establecimiento en la capital alavesa de los hijos de San Ignacio.

El hecho es que surgió el inevitable pleito entre la ciudad y los jesuitas. Vitoria dio carta de poder -21 noviembre- a dos individuos de su ayunta­miento: el procurador Juan de Arámburu y el regidor López de Corcuera. Y en diciembre se presentó Arámburu al alcalde -que ya no era Isunza sino Juan Ruiz de Vergara- con ambas provisiones reales (1577 y 1583) para que éste, "en su cumplimiento, haga las averiguaciones e informaciones" de cuanto ocurrió en setiembre.

Desde luego, desechamos el pensamiento de que los testigos -que fueron nueve cometieran perjurio en su declaración... Pero nos llama la atención cierta uniformidad -incluso con idénticas palabras- en las respuestas del interrogatorio. Algo así como si el escribano -en su manera de preguntarles diera ya implícita la contestación.

Con anterioridad, había el alcalde convocado al vecindario a un concejo abierto, que se celebraría el domingo 18. Por bando del pregonero público sería -de víspera- publicado "por toda la ciudad y lugares acostumbrados". Y el mismo domingo lo publicaría "el munidor (avisador) de la cofradía de la Vera Cruz a voz de campana".

El pregonero Nicolás de Zalduendo y el "munidor" cofrade Martín Ochoa de Ah cumplieron sus cometidos, convocando a todos al "portal de la cárcel real" para la una de la tarde. Pero fue entre las 2 y 3 del domingo cuando el alcalde, al ver "que faltaban muy pocos y ya no venían más", mandó aban­donar el concejo a las partes -ayuntamiento y jesuitas presentes- para que los vecinos pudieran expresarse "con más libertad". Se retiraron, efectivamente, los de ayuntamiento y los PP. Domingo de Alzola y Diego de Lugo.

Se denominaba entonces Plaza Mayor al gran recinto en cuesta ocupado ahora por ambas plazas: de la Virgen Blanca (antes Vieja) y la porticada o Nueva. En la parte superior de aquella Plaza Mayor estaba la cárcel, debajo de la parroquia de San Vicente. Y desde la cárcel se bajaba a la plaza por una escalinata que estaba flanqueada por sendos "leones". Lo hemos señalado en el plano del siglo XVI según aparece en una pintura antigua. Sigamos con el acta.

Se colocó el alcalde "en el paraje de entre dos leones a la boca de una escalera, que bajan de la placeta que está delante las dichas casas y cárcel, por donde bajan a la plaza". Y luego comenzaron a bajar los vecinos y fueron diciendo su parecer, "de suerte que todos, unánimes y conformes, nemine discrepante, dijeron" lo tan sabido por repetido: que "había muchas iglesias y monesterios y muchos clérigos y frailes, predicadores y confesores de gran suficiencia, vida y ejemplo... y que no eran necesarios los dichos padres de la Compañía ", antes bien convenía -para el servicio de Dios y del Rey, la paz y concordia- que no tuvieran casa en Vitoria.

Resulta admirable aquella unanimidad, que registró el escribano Diego del Castillo... Acabado el plebiscito, escribano y alcalde fueron a la casa de la Correría y "con una vara de medir" tomaron la anchura, largura y altura, del portal donde los jesuitas habían puesto el Sacramento: tres varas, prácticamente, en las tres dimensiones.

Todo esto fue el domingo 18 de diciembre. Pero continuaba el interrogatorio a los testigos: el día 19 tocó su turno al citado concejal Aldana. El último en declarar fue Martín de Aramayona, que lo hizo el 25, domingo y pascua de Navidad.

Pasadas las fiestas, el alcalde remitió -8 enero 1584- al "muy poderoso señor" don Felipe II la información recogida sobre lo acaecido el 7 de setiembre. Y añadía: "también resulta de la dicha información y es cosa cierta que esta ciudad tiene menos de mil vecinos y está puesta en sitio estéril e infructífero de su naturaleza, porque no se coge en ella y en toda su comarca sino sólo pan y esto en poca cantidad y con grande trabajo y costa de los labradores".

El nuevo alcalde seguía diciendo que tuvo Vitoria un mayor número de vecinos cuando fue fundada y los "pocos vecinos que ahora hay han quedado con la carga de los muchos eclesiásticos que sustentan". Porque hay una iglesia colegial y cuatro parroquias, cien clérigos y entre ellos muchos "de letras". Hay cuatro monasterios (70 frailes y 100 monjas) y muchos frailes "predicadores de muchas letras y nombre", que predican en la ciudad y comarca. Es evidente que esos frailes predicadores eran, principalmente, los del monasterio de Santo Domingo.

Para evitar competencias -decía el alcalde- tenían acordado las iglesias y monasterios que los sermones del Adviento, la Cuaresma y fiestas, fueran repartidos por turno. Y con esta concordia se había logrado que reinase "entre todos una santa hermandad y mucha paz". Pero si se edificase ese "nuevo colegio se entiende, con probabilidad, que cesará y se turbará la paz y concordia que ahora hay, así entre eclesiásticos como entre seglares".

Finalmente que, celebrado el concejo general, todos dijeron -"nemine discrepante"- que: "siendo Vuestra Alteza servido, tienen bastante doctrina en esta ciudad y que no podrán sufrir, según su poca vecindad y fuerza, más número de religiosos y eclesiásticos... Y que entienden claramente resultarán muchos inconvenientes y alteraciones, en la paz y quietud que en esta ciudad ha habido, si en ella fundasen casa los religiosos de la dicha Compañía, con que Nuestro Señor y V.A. serían muy deservidos y esta ciudad muy inquietada".

El alcalde vitoriano Juan Ruiz de Vergara, que confesaba ser "criado y vasallo" del monarca, le suplicaba -en nombre de la ciudad- que no permitiese a los jesuitas la fundación en Vitoria. Y con tal súplica termina (folio 74) el expediente cuidadosamente analizado por nosotros.

También el provisor de obispado -licenciado Oteo- contestó al rey, con f cha 14 de enero 1584: "Católica real majestad". Pendiendo pleito en el Real Consejo, me ordenó V.M. le diese relación de lo que ocurrió la noche del 6 de setiembre etc. Dice este eclesiástico que es tal "el escándalo y alteración que hay" en Vitoria que, si los jesuitas "edificasen el dicho Colegio se podían seguir tantos inconvenientes que, habiendo la copia que hay de eclesiásticos predicadores y confesores, no sé si convendría tanto que Vuestra Majestad les diese licencia para que edificasen -y mandar a la dicha Ciudad no se lo perturbasen- o que V.M. mandase que, por ahora, cesasen los dichos Padres en su pretensión, hasta tanto que en la dicha Ciudad cesase en dicho escándalo y pasiones".

El jesuita Astrain dice que el ayuntamiento debió escribir -quejándose- al P.Aquaviva, general de la Compañía. El cual le respondió -20 diciembre 1583- que ya les había ordenado dejasen Vitoria. Pero contestó "protestando de la buena intención" con que la Compañía había tomado el asunto, buscando tan sólo el servicio de Dios y el bien de la ciudad.

En marzo de 1584 seguía el pleito pendiente ante el Consejo. Representaba en él a los jesuitas Gaspar de Zárate y a la ciudad de Vitoria un homónimo: Gaspar de Esquinas.

Pero en 1586 una provisión real -20 agosto- de Felipe II se expresaba: "Gaspar de Esquinas, en nombre de la ciudad de Vitoria nos hizo relación" del pleito que se litigaba y cómo, estando siendo "visto en el nuestro Consejo, los dichos teatinos (sic) se habían desistido del dicho pleito".

Tres días después -23 agosto- un escribano leyó esta provisión a Gaspar de Zárate, que estaba en Madrid, por ser el "procurador de los teatinos"... Pero él dijo que no recordaba "si fue procurador en este pleito"... Y que el contenido de la provisión fuera notificado al P. Garcés. Y en efecto, aquel mismo día -por otro escribano- fue notificada "al P. Miguel Garcés, procurador general de la Compañía de Jesús", quien afirmó ser como ella decía: porque "el General de la dicha Compañía escribió a Su Majestad sobre el pleito..., dejándolo en manos de S. M. y desistiendo del dicho pleito, precediendo su real voluntad".

Afirma Landázuri que la ciudad compró a los jesuitas las dos casas del barrio de la Correría , por el mismo precio que había pagado -400 ducados-el canónigo y donante Diego de Alava. Fue escriturada la compraventa -dice Landázuri- por el escribano ya citado, Diego del Castillo, con fecha 2 de setiembre de 1584.

Fue ocho años después -en 1592- cuando doña Magdalena Centurione hizo donación a los jesuitas de una renta de 1.500 ducados, según Landázuri, para fundar en Vitoria. Y con esto consiguieron que Felipe II, estando en Pamplona y camino de las cortes de Tarazona, les diera una cédula real. Confesamos no conocer este documento, fechado en 22 de noviembre de 1592.

Contamos, en cambio, con un escrito -2 febrero 1593- del Padre Francisco de Galarza a quien el escribano llama Provincial de Castilla... En realidad lo era el P. Gonzalo Dávila y bastante después (1609) lo sería Galarza.

Dice el P. Galarza: "Vuestra Majestad tiene noticia cómo doña Jhoana Magdalena Centurión, mujer que fue de Agustín Espínola", donó 1.800 (sic) ducados de renta a la Compañía de Jesús para que fundase, en Vitoria, un colegio donde "se ense­ñase y doctrinase, en virtud y letras, la juventud de las provincias circunvecinas, que son Guipúzcoa, Vizcaya y Alava, parte de Navarra y parte de las montañas de Burgos adonde hay gran necesidad".

Y aunque la señora Centurione y viuda de Spínola no dejara señalado el lugar de la fundación, "porque como era natural de Génova no quiso que -por entonces- se publicase hacía la dicha donación en favor de las dichas provincias de España, tenien­do la República de Génova partes y lugares bien necesitados" y en los que se podría hacer colegio, sin embargo "declaró su voluntad con el P. General de la dicha Compañía por carta" y verbalmente con varios jesuitas residentes en el colegio de Madrid. Su voluntad era que "se fundase en Vitoria y por esta causa, en dicha escritura, dice que se haga y funde en la parte y lugar que pareciere al P. General..., porque su intención fue remediar, por este camino, la necesidad de la tierra arriba referida".

Y también fue voluntad de doña Juana Magdalena que se hiciese el colegio en tres años, que se cumplirán el próximo día 3 de mayo, afirma el P. Galarza. Y para que su voluntad fuese cumplida dio V.M. su cédula real, mandando a la ciudad que recibiese a los jesuitas etc. "Con la cual cédula fueron a la Ciudad de Vitoria dos religiosos de la Compañía " y presentaron en el ayuntamiento la cédula real. Y cuando la leyeron acordaron enviar a V.M. personas para contradecirla, "alegando algunas razones que no tienen fundamento alguno de consideración".

Piden al rey que -"sin pleito ni contienda"- se cumpla lo mandado por su cédula real... Porque se perderá la renta donada, si no se resuelve todo para el 3 de mayo. Y es cierto que para lo que se pretende -la enseñanza de la juventud- no existe, "desde Burgos a la mar, como es notorio", otro punto más a propósito que la ciudad de Vitoria.

Fue ésta la tercera tentativa del siglo XVI, frustrada como las otras dos. Porque como no se resolvían los vitorianos y el plazo acababa, con la renta donada por la dama genovesa los jesuitas de Castilla fundaron -30 marzo- en Vergara (Guipúzcoa).

Un colegio que no extendería su radio de acción tanto como había deseado la donante.