Miércoles, 08 de Septiembre de 2010

Ocurrió a finales del siglo XVII

Durante casi todo el siglo XVII no debieron resucitar -que sepamos nosotros- las apetencias jesuíticas de establecerse en Vitoria. Pero ocurrió -año 1685- que en Lima murió el vitoriano "don Baltasar de Arechabaleta" y no Arizavaleta, que escribió Landázuri... Este señor por su testamento -6 febrero 1685- había legado 40.000 pesos "para la fundación de un Colegio de la Compañía en esa Ciudad (Vitoria) y en su defecto una fundación para huérfanas de Nuestra Señora del Rosario".

Así lo comunicaba su albacea -capitán don Pedro Pérez de Ircio- por carta de 3 de mayo, aña­diendo que el donante, en su última enfermedad, había emitido los votos de jesuita. Iba esta carta destinada al P. Andrés Reguera, provincial de Castilla. Y éste comisionó al P. Antonio Carabeo para que se trasladase a Vitoria y llevara una carta suya al ayuntamiento. Pero esta gestión fue ya al año siguiente, en diciembre.

Y en la sesión -20 diciembre 1686- que celebró el concejo para tratar de este asunto, "respondió la Ciudad , con muchas expresiones de urbanidad" al P. Reguera: "que, para proceder con fundamentos sólidos en el asunto, le remitiese -si acaso la tenía-una copia del testamento de don Baltasar".

Desde Burgos -27 diciembre- contestó el Provincial Reguera que no tenía el testamento, pero le enviaría copia cuando lo tuviera. Por su parte, e] ayuntamiento -al que Ircio comunicara también la voluntad del difunto- escribió al albacea pidiéndo­le una copia.

Por causas que ignoramos este asunto se estan­có y nada nos dicen los documentos hasta 1692, cuando ya esos 40.000 pesos parece estaban en Sevilla, enviados por Ircio. En una sesión del ayuntamiento se determinó -24 mayo- admitir la fundación, pero según lo que pareciese conveniente pac­tar con los jesuitas: para que quedase garantizada "la firmeza y conservación de las demás comunidades"... Viajó a Vitoria el Provincial Reguera y des­pués de conversar con las fuerzas vivas de ambos estamentos -concejo y eclesiásticos- fue capitulada el 13 de setiembre la fundación. Pero deberían los jesuitas presentar la aprobación expresa del General de la orden y del Papa, en un plazo de seis meses, para instalarse en Vitoria.

Cuanto llevamos dicho -de esta nueva tentativa- es del autor Landázuri, como también: "viendo el gran silencio de los Padres Jesuitas, que indicaba abandonaban la fundación..., le pareció a la Ciudad que, en estas circunstancias, era ya llegado el caso de aplicarse el legado a las dotaciones de huérfanas y demás fines destinados por el fundador, de culto de nuestra Señora del Rosario y de su Santa Cofradía". Sin embargo, en diciembre de 1694 se les concedió un año para que presentaran "la confirmación de su Padre General" y demás licencias necesarias para fundar.

Precisamente de ese año -1694- conocemos dos cartas, datadas en Sevilla, que mencionan el legado de don Baltasar de Arechabaleta. Desde Vitoria había escrito -6 abril- don José Tomás de Sarria al clérigo Juan de Urbina y éste -desde Sevilla- le contestó el 25 de mayo: "tocante a los 40.000 pesos, que el capitán don Pedro Pérez de Ircio -como testamentario de don Baltasar de Arechabaleta- me remitió de Lima (en) los galeones pasados, con más de 600 pesos para la conducción, destinados para el fin que declaró en su testamento, que fue la fundación de un Colegio de la Compañía en esa Ciudad y en su defecto una fundación para huérfanas de Nuestra Señora del Rosario. Y digo que esta cantidad la recibí puntual de quien la traía, menos un ocho por ciento que la defalcaron, como a todas las demás que venían en los dichos galeones, para el indulto que entonces se cargó, siendo 30.284 pesos los que tocaron a ésta. La cual, luego que la recibí, la deposité en las dos Casas principales de los Mercaderes de plata de esta ciudad etc."

"Y juntamente debo representar que la instrucción que yo tengo -para el entrego de este dinero y remitirle a esa Ciudad- es saber primero a quién ha de tocar legítimamente: o a la Compañía o a la obra pía de las Huérfanas. Y estando esto deliberado, presente petición ante la Ciudad el interesado, a quien legítimamente tocare, pidiendo este dinero, ofreciéndome a dar recibo de él, en toda forma, como acreedor y parte legítima que es. Y que a esto se subsiga un decreto de la Ciudad ordenando se me dé aviso de estar declarado a quién toca".

Me dice el capitán Ircio que el interesado me ha de enviar el correspondiente recibo, porque sin éste a él "no le darán por cumplida la voluntad del testador, en la Audiencia Eclesiástica de aquel Reyno". Debía ser vitoriano el clérigo Urbina, puesto que se despide así: "Me precio de tan rendido hijo y menor capellán de esa Ciudad".

Seis meses después -16 noviembre- se trataba de remitir a Vitoria el legado de Arechabaleta y el clérigo Urbina escribió al ayuntamiento: "Si a V.S. le pareciere que, en los viajes ordinarios que entre año hacen los Yanguas a ese País, lo encamine -o junto o separado- se servirá mandar avisármelo, para no retardar un punto su ejecución".

Y cumplido el año sin que los jesuitas presentaran las licencias necesarias, el legado del jesuita vitoriano Baltasar de Arechabaleta fue destinado a dotar seis huérfanas elegidas por la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario.